
Nunca Argentina estuvo menos misteriosa que hoy. Nunca estuvo más lejos de ser ese país deseado por todos. Hoy hecha un estropajo, convertida en una feria de electrodomésticos, LEDs y autos que vende libros igual que hamburguesas, la mitad de sus habitantes vuelve a celebrar su fiesta de pequeñas conveniencias. A la mitad de los argentinos le gusta tener el bolsillo lleno, a costa de qué, no importa. A la mitad de los argentinos le encanta aparentar más que ser. No porque no puedan. Es que no quieren ser. Y lo que esa mitad está siendo o en lo que se está transformando, cada vez con más vehemencia desde hace casi una década, repugna. Hablo por la aplastante mayoría kirchnerista que se impuso con el límpido voto nac&pop, que hoy probablemente se esconda bajo algún disfraz progresista, como lo hicieron los que “no votaron a Menem la segunda vez”, por la vergüenza que implica saberse mezquinos.
Aquí la mitad de los argentinos prefiere seguir intentando resolver el mundo desde las mesas de los bares, descubrirse ahora como enemigos de los medios, y atontándose cada vez más con el ahora libremente distribuido fútbol para todos porque “a la gente le gusta divertirse”, asistir a cualquier evento político a cambio de favores y retornos, sentirse molesto ante cualquier idea distinta a la propia, casi como si se hablara de “lo que no se puede nombrar” o pasar el día tuiteando estupideces que no le interesan a nadie. Mirar para otro lado si es necesario y afecta los intereses morales y económicos del puntero de turno y siempre, siempre hacer caso a lo que manda la lealtad y los buenos compañeros.