martes, 6 de diciembre de 2011

La mitad de entonces, y la mitad de ahora - La (otra) columna de Fito Paez




Nunca Argentina estuvo menos misteriosa que hoy. Nunca estuvo más lejos de ser ese país deseado por todos. Hoy hecha un estropajo, convertida en una feria de electrodomésticos, LEDs y autos que vende libros igual que hamburguesas, la mitad de sus habitantes vuelve a celebrar su fiesta de pequeñas conveniencias. A la mitad de los argentinos le gusta tener el bolsillo lleno, a costa de qué, no importa. A la mitad de los argentinos le encanta aparentar más que ser. No porque no puedan. Es que no quieren ser. Y lo que esa mitad está siendo o en lo que se está transformando, cada vez con más vehemencia desde hace casi una década, repugna. Hablo por la aplastante mayoría kirchnerista que se impuso con el límpido voto nac&pop, que hoy probablemente se esconda bajo algún disfraz progresista, como lo hicieron los que “no votaron a Menem la segunda vez”, por la vergüenza que implica saberse mezquinos.


Aquí la mitad de los argentinos prefiere seguir intentando resolver el mundo desde las mesas de los bares, descubrirse ahora como enemigos de los medios, y atontándose cada vez más con el ahora libremente distribuido fútbol para todos porque “a la gente le gusta divertirse”, asistir a cualquier evento político a cambio de favores y retornos, sentirse molesto ante cualquier idea distinta a la propia, casi como si se hablara de “lo que no se puede nombrar” o pasar el día tuiteando estupideces que no le interesan a nadie. Mirar para otro lado si es necesario y afecta los intereses morales y económicos del puntero de turno y siempre, siempre hacer caso a lo que manda la lealtad y los buenos compañeros.

Da asco la mitad de Argentina. Hace tiempo que lo vengo sintiendo. Es difícil de diagnosticarse algo tan pesado. Pero por el momento no cabe otra. Dícese así: “Repulsión por la mitad de un país que supo ser maravilloso con gente maravillosa”, “efecto de decepción profunda ante la necedad general de un país que supo ser modelo de casa y vanguardia en el mundo entero”, “acceso de risa histérica que aniquila el humor y conduce a la sicosis”, “efecto manicomio”. Siento que el cuerpo celeste del país se retuerce en arcadas al ver a toda esta jauría de ineptos e incapaces llevar por sus calles una corona de oro, que hoy les corresponde por el voto popular pero que no está hecha a su medida.


No quiero eufemismos.


Argentina quiere un gobierno que sea diga progresista. Pero es un progresismo de mentirillas. Simplones escondiéndose detrás de la máscara siniestra de las fuerzas ocultas inmanentes de la Argentina, que no van a entregar tan fácilmente lo que siempre tuvieron: las riendas del poder, la ignorancia y la hipocresía de este país. Gente con ideas para pocos, pero con discursos para muchos. Gente egoísta, pero con un discursivo afán por el resto. Gente con swing, pero también con suculentas y propias DDJJs. Eso es lo que la mitad de la República Argentina quiere para sí misma.





NOTA: Son pocas, muy pocas, las palabras que se cambiaron del texto original del amigo Fito. ¿Se espantarán ellos ahora?



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