lunes, 3 de octubre de 2011

Inquietudes de una niña en la ruta


La fila de autos era menor a la que íntimamente esperaba. Como partícipe del imaginario colectivo, era creyente antes que agnóstico, y esperaba rutas y peajes cargados la noche del viernes. Panamericana, avenida circunvalar en honor al Manco Paz, Dellepiane, autopista Ezeiza-Cañuelas, San Miguel del Monte, su ruta.

Faltaban aún 350 kilómetros para nuestro destino, y estábamos detenidos en la primer estación de peaje, en esa incipiente noche de viernes. Sería un fin de semana distinto: padre e hija en su primer experiencia conjunta de escalada. Su ansiedad, sus ganas y sus inquietudes sobre cómo sería subir una “montaña”, ¿eran genuinamente suyas? ¿O eran, más bien, fruto de mi deseo personal que ella captaba, y manifestaba como propias? La duda prosperaba en mi mente.

Pero su pregunta interrumpió el pensamiento. Y de un plumazo, hizo que olvidara rápidamente esas inquietudes:

“Papá, ¿por qué hay peajes?”, preguntó con la lógica de sus 6 años.

Frente a su consulta, yo podría haber optado por una explicación más sencilla y directa: se busca que las personas que utilicen determinada ruta, colaboren con su mantenimiento. Y por ese se les cobra peaje a quienes por allí transitan. Pero en cambio opté por la explicación más trajinada, recorriendo los conceptos de Estado, Gobierno e Impuestos.

“Pero ¿qué son los impuestos?”, profundizó, insatisfecha con mi intento.

Suspiro.

Estaba bien la pregunta. Y debía poder responder satisfactoriamente su anhelo por aprender: Organizar un país requiere dinero, plata. Los impuestos son una forma de recolectar el dinero necesario para hacer frente a esos gastos.

“Pero los países se pueden organizar con carteles, ¿o no?”.

Por algún motivo, sonreí al verla recostándose atrás, para disponerse a dormir.

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