lunes, 14 de mayo de 2012

Nimiedades


“Papá, ¿cuál es el animal que tiene más dientes?”, me sorprendió hace un par de días.


Opté por una clásica respuesta: “Creo que el tiburón…”, arriesgué.

“No! El Ratón Pérez”, me respondió a carcajadas. Sólo atiné a abrazarla fuerte, y comenzar una guerra de cosquillas, como esas que solemos hacer por las noches, después de cada ducha.

Con casi 7 años, aún es ferviente devota de Papa Noel y el Ratón Pérez. Y a mí, lejos de preocuparme por lo que algunos podrían considerar como excesiva inocencia, me maravillan sus ojos, grandes y rebosantes de felicidad, cuando me habla de sus deidades.

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Su primer diente de leche lo perdió hace aproximadamente 6 meses. Y con los $ 20 que obtuvo de parte del mentado ratón, compró un álbum de figuritas. Pero dos meses más tarde, en una visita relámpago a la juguetería del barrio en búsqueda de un regalo para su prima, divisó una muñeca de tela. Desde entonces, ahorra para poder comprarla.

Aunque con su vecina han comenzado a vender pulseritas que hacen ellas mismas, su principal fuente de ingresos proviene de los aportes del ratón por sus diminutos dientes de leche. Desde entonces, todo su incipiente conocimiento matemático se focaliza en medir, en términos de dientes, claro, el monto a ahorrar para alcanzar la soñada muñeca de tela.

Dado que tenía ahorros por $ 120, y que el precio de la muñeca era de $ 200, ella comprendía que debía aún ahorrar el equivalente a 4 dientes.

Cuando finalmente alcanzó la cifra anhelada, fuimos juntos a la juguetería. Yo caminaba apurado a su lado, tratando de seguirle el ritmo. Supongo que fruto de la ansiedad, salticaba feliz cuadra tras cuadra, sin cansarse.

Su felicidad e inocencia, empero, encontraron un abrupto e indisimulado final. Perpleja, miraba el rótulo del precio de la muñeca en el estante. Sin quitarle la mirada a la muñeca, me preguntó cómo era posible que no le alcanzara para comprarla.

“No entiendo, papá. ¿Por qué sale más ahora? ¿Por qué no me avisaron?”.

Hice silencio por unos instantes. Medité mi respuesta. Luego, la tomé de la mano, y nos dirigimos juntos a la caja:

“Gordita, en este momento del país, las cosas aumentan de precio con el paso del tiempo. Es algo difícil de explicar, pero créeme que algún día, volveré a intentarlo. Por ahora, me limitaré a contarte que hay algunas personas que no están haciendo adecuadamente sus tareas. Y en lugar de defender el valor del dinero, evitando así que ahora no puedas comprarte tu muñeca, están preocupados por otras nimiedades”, dije cabizbajo.

“¿Nimiedades?! ¿Qué es eso?”, alcanzó a preguntarme mientras yo entregaba al cajero los billetes para la compra...

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