lunes, 8 de julio de 2013

La mesa de luz



¿Y en el cajón de la mesita de luz? ¿O ya busqué ahí? Mejor me fijo de vuelta, pensé. Por las dudas.


Pero en lugar de encontrarme con el muñeco que nuestra hija se había ganado en la feria el día anterior, sorpresivamente me topé con un manojo de tus cartas, manuscritas y viejas. De otra época. De otra etapa de nuestras vidas.

Uno casi que podía compilar un tesauro de la palabra “amor” con esas cartas. Cursi, sin dudas. Pero rigurosamente cierto.

Los recuerdos se sucedían, veloces, uno tras otro. Viajes, momentos, fechas, aniversarios.
Peleas, discusiones también. Como es propio en toda pareja que realmente se ama.

Y vaya que recordé cuánto fuiste capaz de amar…

Por la próxima media hora, dejé de pensar en mi búsqueda del muñequito. Me senté en la cama, tomando de a una las cartas apiladas desprolijamente en el cajón, y tratando sin éxito de leerlas hasta el final.

Fue un viaje en el tiempo. Un periplo, melancólico, por nuestras vivencias juntos. Pero un viaje incompleto, porque llegó un momento en que no pude seguir más, y tuve que parar.

¿Había pasado realmente tanto tiempo sin que abriera ese bendito cajón? Años, tal vez. Años, seguramente. Años, sin lugar a dudas.

Pero supongo que era consciente que algo así podía pasar. Especialmente cuando decidí mudarme nuevamente a lo que había sido nuestro departamento.

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